El arte de Alfredo Montaña

Alfredo Montaña (Oviedo, Asturias, 1945)
Temas humanos: tertulias, encuentros, uniones y soledades o uniones de soledades representados con estilo inconfundible, en el que las formas se funden a la geometría y al color perdiéndose en un lugar en el que la realidad se hace a un lado, dejando lugar al poderoso grito de la vida. La obra de Montaña es una sinfonía de personajes tristes o pensativos, desafiantes o comprensivos, de sensuales y deseantes mujeres, de músicos perdidos en el jazz, de seductores, bailarines, idealistas y trúhanes… los matices de la humanidad se expresan en un mosaico de narraciones que nos guían en un mundo hecho de música y de literatura silenciosas en el que notas y palabras se transfiguran en la luz.

Montaña es jazz, es libertad creativa, en sus pinturas se manifiesta claramente el mismo “trance” en el que cae el músico que improvisa en una jam session. El artista puede asimilarse a un trompetista o a un contrabajista en un concierto jazz. En lo que hace no hay imposición, no hay proyecto, o al menos no aparece el proyecto, porque lo que se transparenta es esa febril actividad en la que el artista se libera de lo que es, para entrar en lo que no tiene límites. Una especie de meditación, una especie de disciplina que busca el Nirvana. Y el Nirvana está en el acto creativo, momento en el que el artista se ha vaciado del ser para dejar paso al no ser, ósea de la más pura expresión del alma. De este ritual sale cada vez renovado, se lee en sus obras. Eso nos dice Montaña: hay que renovarse. Y renovarnos nos hace mejores. Asimismo, en las obras de Montaña, puede verse el “mito del eterno retorno”, la creación (o la evocación) del caos, para obtener un nuevo orden. Que no existiría sin caos.

Claudio Fiorentini